¿Una partidita con los colegas?

En un lugar de la web de cuya dirección no quiero acordarme leí una vez un artículo de esos que hablaban de las inclemencias, maldades, malicias y demás terroríficas consecuencias que producía el jugar a los videojuegos. Indudablemente estas desinformaciones me recuerdan cuando el cura de mi pueblo me sermoneaba sobre lo perverso que era masturbarse (¡y yo me lo creía!). Concretamente, en dicho artículo se afirmaba que los videojuegos fomentaban la soledad, la incomunicación y el aislamiento social de los individuos. ¡Ahí queda!
Bueno, bueno, bueno; llegados a este punto me veo en la necesidad de sacar a la luz la artillería pesada. Ahí van unos nombres: Street Fighter II, Puzzle Bobble, Mario Kart, Mario Party, Unreal Tournament, Street of Rage, SingStar, Buzz, Fifa, Pro Evolution Soccer… y así podría seguir todo el día ya que la lista es interminable. Son sólo algunos ejemplos de esos maravillosos juegos que han amenizado nuestras reuniones y fiestas a lo largo de nuestra vida, cómo no, en compañía de nuestros amigos, familiares, vecinos o enemigos y rivales más acérrimos. El caso era jugar acompañado, daba igual con quién.

¿Quién no recuerda esas célebres partidas entre los jugones más audaces del salón recreativo al Street Fighter II? Los combates de Ryu contra Ken eran capaces de convocar a toda la parroquia delante de la recreativa para contemplar semejante espectáculo por parte de quienes lograban llevar al límite las habilidades de cada uno de los personajes. Incluso en alguna ocasión hubo hasta apuestas de por medio. Mítico.

¿Quién no ha jugado al Puzzle Bobble con su hermano? Cuando acabábamos con él retábamos a nuestra hermana, y cuando ella nos ganaba, animábamos al abuelo… Cuando uno se daba cuenta se encontraba a toda la familia delante del televisor ensamblando bolas de colores. Entrañable.

Aún hoy añoro esas partidas en la casa de mi vecino al Street of Rage II de la Megadrive. Sólo podían jugar dos personas a la vez, pero había un montón de colegas en el banquillo esperando su oportunidad a expensas de que uno de que “mataran” a uno de los que estaban jugando. Los comentarios de los que esperaban su turno estaban a la altura de los de los locutores del Pressing Catch de Telecinco. Nunca aporrear botones había molado tanto.

¿Y qué decir de juegos como el Quake, el Unreal Tournament o el Age of Empires? Juegos a los que Internet encumbró llevando el juego multijugador a otra dimensión no conocida hasta entonces. Es cierto que no es lo mismo jugar por Internet que cara a cara con un colega, pero al menos teníamos opción de dejarle comentarios burlones a jugadores de la otra punta del planeta antes de vaciarles nuestro cargador en las narices. Excitante. La verdad es que los videojuegos online son otro mundo. Un universo que merece todo un artículo él solito.

Ahora me pondré de pie con la mano en el pecho en el lado del corazón para hablaros de los juegos reyes del multijugador, los poetas del colegueo, los Oliver y Benji de los videojuegos, el Fifa y el Pro Evolution. Estos dos juegos eran capaces de sacar lo mejor y lo peor de un mismo, capaces de que odiaras a tu mejor amigo cuando te encasquetaba una manita y de que amaras al pringao del barrio cuando empataba en el último minuto al que iba primero y te hacía ganar el campeonato. Los torneos que nos hemos montado, nos montamos y nos montaremos con los amiguetes a estos juegos no tienen precio.
Tensión, presión, emoción, alegría, impotencia y resignación son algunos de los sentimientos que todos hemos experimentado jugando a estas dos joyas del vicio. Y sólo depende de una cosa, de que la pelotita quiera entrar o no. Así de simple. Ni con nuestro equipo en la vida real nos ponemos tan enfervorizados. Que levante la mano el que no haya vibrado haciendo la “marsellesa” con Zidane en el Fifa o quien no haya soltado una carcajada escuchando los ridículos comentarios de Iñaki Cano en el Pro. Memorable.

Hace no mucho llegaron los juegos sociales, en los que jugar sólo no tiene sentido alguno. Hablemos de Buzz o de SingStar, juegos que hacen que a día de hoy la veterana “Play 2″ no esté aún descatalogada. Juegos hechos para disfrutar custodiados por un pelotón de amigos, donde las risas están aseguradas y la diversión es la primera invitada a la fiesta.
Yo soy único soltando gallos en el SingStar y ostento el récord en “haber quien hace que el vecino venga a quejarse”. ¿Y qué puedo decir del Buzz? El causante de que la caja del Trivial Pursuit esté llena de polvo. Regocijo a toneladas.

Pero no se puede hablar de juegos sociales y no mencionar a Nintendo. Ellos empezaron poniendo cuatro puertos para cuatro mandos en su consola de 64bits, para terminar creando el Wiimote. Este cacharrito que detecta el movimiento nos ofrece un sinfín de posibilidades y nos hace movernos como idiotas por el salón de casa, sumergiéndonos dentro del juego de una manera que nunca hubiésemos imaginado (lejos queda ya el fracasado Virtual Boy). Luego te vé jugando tu madre y piensa que el cacharrito te ha vuelto tonto, hasta que lo prueba… y le gusta. El súmmum.

Poco a poco uno se da cuenta de que debe hacer una lista de nombres para que no falte ningún amigo en los piques al Mario Kart, ya que si nos olvidamos de alguno seguro que se enfada.
Hasta las consolas portátiles, que supuestamente están concebidas para disfrutarlas en lo más gélido de la soledad poseen modo multijugador. ¿Qué te pareció el Zelda: Four Swords de la Game Boy Advance?
¿Quién da más? ¿Aún hay alguien que se atreva a decir que los videojuegos son caldo de cultivo de aislados sociales?

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